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martes, 9 de febrero de 2016

Miércoles de Ceniza


Miércoles de Ceniza
La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo.
La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.
ORIGEN DE LA COSTUMBRE

Antiguamente los judíos acostumbraban cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban la ceniza como signo de su deseo de conversión de su mala vida a una vida con Dios.
En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un "hábito penitencial". Esto representaba su voluntad de convertirse.
En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.
Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos del año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada.
También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno.
La imposición de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo. Nos enseña que todo lo material que tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos.
Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener amistad con Dios. La ceniza se le impone a los niños y a los adultos.

EL AYUNO Y LA ABSTINENCIA
El miércoles de ceniza y el viernes santo son días de ayuno y abstinencia. La abstinencia obliga a partir de los 14 años y el ayuno de los 18 hasta los 59 años. El ayuno consiste hacer una sola comida fuerte al día y la abstinencia es no comer carne. Este es un modo de pedirle perdón a Dios por haberlo ofendido y decirle que queremos cambiar de vida para agradarlo siempre.

LA ORACIÓN:
La oración en este tiempo es importante, ya que nos ayuda a estar más cerca de Dios para poder cambiar lo que necesitemos cambiar de nuestro interior.
Necesitamos convertirnos, abandonando el pecado que nos aleja de Dios. Cambiar nuestra forma de vivir para que sea Dios el centro de nuestra vida. Sólo en la oración encontraremos el amor de Dios y la dulce y amorosa exigencia de su voluntad.
Para que nuestra Oración tenga frutos, debemos evitar lo siguiente:

La hipocresía: Jesús no quiere que oremos para que los demás nos vean llamando la atención con nuestra actitud exterior. Lo que importa es nuestra actitud interior.
La disipación: Esto quiere decir que hay que evitar las distracciones lo más posible. Preparar nuestra oración, el tiempo y el lugar donde se va a llevar a cabo para podernos poner en presencia de Dios.
La multitud de palabras: Esto quiere decir que no se trata de hablar mucho o repetir oraciones de memoria sino de escuchar a Dios. La oración es conformarnos con Él; nuestros deseos, nuestras intenciones y nuestras necesidades. Por eso no necesitamos decirle muchas cosas. La sinceridad que usemos debe salir de lo profundo de nuestro corazón porque a Dios no se le puede engañar.

EL SACRIFICIO:
Al hacer sacrificios (cuyo significado es "hacer sagradas las cosas"), debemos hacerlos con alegría, ya que es por amor a Dios. Si no lo hacemos así, causaremos lástima y compasión y perderemos la recompensa de la felicidad eterna. Dios es el que ve nuestro sacrificio desde el cielo y es el que nos va a recompensar.
“Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo, ya recibieron su recompensa. Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino Tu Padre, que está en lo secreto: y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará." (Mt 6,6).

CONCLUSIÓN:
Como vemos, la ceniza no es un rito mágico, no nos quita nuestros pecados, para ello tenemos el Sacramento de la Reconciliación. Es un signo de arrepentimiento, de penitencia, pero sobre todo de conversión. Es el inicio del camino de la Cuaresma, para acompañar a Jesús desde su desierto hasta el día de su triunfo que es el Domingo de Resurrección.

Debe ser un tiempo de reflexión de nuestra vida, de entender a donde vamos, de analizar como es nuestro comportamiento con nuestra familia y en general con todos los seres que nos rodean.
En estos momentos al reflexionar sobre nuestra vida, debemos convertirla de ahora en adelante en un seguimiento a Jesús, profundizando en su mensaje de amor y acercándonos en esta Cuaresma al Sacramento de la Reconciliación (también llamado confesión), que como su nombre mismo nos dice, representa reconciliarnos con Dios y sin reconciliarnos con Dios y convertirnos internamente, no podremos seguirle adecuadamente.

Está Reconciliación con Dios está integrada por el Arrepentimiento, la Confesión de nuestros pecados, la Penitencia y finalmente la Conversión.
El arrepentimiento: Debe ser sincero, reconocer que las faltas que hemos cometido (como decimos en el Credo: en pensamiento, palabra, obra y omisión), no las debimos realizar y que tenemos el firme propósito de no volverlas a cometer.
La confesión de nuestros pecados: El arrepentimiento de nuestras faltas, por sí mismo no las borra, sino que necesitamos para ello la gracia de Dios, la cual llega a nosotros por la absolución de nuestros pecados expresada por el sacerdote en la confesión.
La penitencia: Que debemos cumplir empieza desde luego por la que nos imponga el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación, pero debemos continuar con la oración, que es la comunicación íntima con Dios, con el ayuno, que además del que manda la Iglesia en determinados días, es la renuncia voluntaria a diferentes satisfactores con la intención de agradar a Dios y con la caridad hacia el prójimo.
Y finalmente la Conversión que como hemos dicho es ir hacia delante, es el seguimiento a Jesús.
Es un tiempo de pedir perdón a Dios y a nuestro prójimo, pero es también un tiempo de perdonar a todos los que de alguna forma nos han ofendido o nos han hecho algún daño. Pero debemos perdonar antes y sin necesidad de que nadie nos pida perdón, recordemos como decimos en el Padre Nuestro, muchas veces repitiéndolo sin meditar en su significado, que debemos pedir perdón a nuestro Padre, pero antes tenemos que haber perdonado sinceramente a los demás.
Y terminemos recorriendo al revés nuestra frase inicial, diciendo que debemos escuchar y leer el Evangelio, meditarlo y Creer en él y con ello Convertir nuestra vida, siguiendo las palabras del Evangelio y evangelizando, es decir transmitiendo su mensaje con nuestras acciones y nuestras palabras.

 Fuente: Oblatos

viernes, 6 de enero de 2012

Fiesta de la Epifanía del Señor

Al celebrar la Fiesta de la Epifanía, tenemos la oportunidad de descubrir cómo ser mejores hombres hoy. Por eso seguimos la estrella. Esta fiesta tiene dos nombres: Epifanía o Manifestación del Señor. También se conoce como la fiesta de los Reyes Magos, a los que el Señor se manifestó. No importa ahora el fenómeno de la estrella. Tampoco la personalidad de los Magos, sino su actitud. El hecho lo cuenta San Mateo. Llegaron unos Magos a Jerusalén, preguntando por el nacido rey de los judíos, pues habían visto su estrella en Oriente y venían a adorarlo. Porque son diversas las actitudes de los hombres ante la llamada de Dios. "Cuando un dedo señala una estrella, todos los tontos sólo miran al dedo". Quizá la estrella fue visible en toda la región. Pero muchos no levantaron la visita y no la vieron. Quizá muchos vieron la estrella, pero no la siguieron. Quizá algunos la vieron y la siguieron, pero les faltó constancia y desistieron. Los Magos, en cambio, vieron la estrella, se pusieron en marcha, se enfrentaron al simún del desierto, y llegaron hasta el final. "No se pusieron en camino, dice San Juan Crisóstomo, porque hubieran visto la estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto en camino, como premio a su generosa actitud". La estrella se les ocultó por algún tiempo. Es la noche oscura del alma. Pero ellos no cejaron en su empeño y la estrella les condujo hasta Belén. El premio fue maravilloso: se encontraron con Dios. "Entraron en la casa y vieron al Niño con María su madre, y postrándose, lo adoraron, y abriendo sus tesoros le ofrecieron oro, incienso y mirra". Fue una dura prueba. Pero el Señor les iluminó. Entraron y adoraron. Creyeron y abrieron los tesoros de su generosidad: oro como a rey, incienso como a Dios, mirra como a hombre. Le entregaron todo. Este fue su mérito, "que Dios no mira tanto lo que le damos, cuanto lo que nos reservamos para nosotros", dice San Ambrosio. Creyeron que aquel pobre infante era el Mesías, descubrieron en aquel niño desvalido al Dios Salvador. Superaron las pobres apariencias, algo que pocos saben hacer. "Siempre los buscadores de Dios se equivocan, no porque se lo imaginen menor de lo que es, sino porque se lo imaginan más inflado. Dios es grande, no inflado" (Martin Descalzo). Los hombres no recibieron a Cristo, porque "esperaban un soldado y vino un bebé" (Bernanos). Pero "sólo el humilde es el verdadero", dice Jorge Guillén. Según la tradición más frecuente, fueron tres los Reyes Magos, y se llamaban Melchor, Gaspar y Baltasar. Herodes les había rogado con mala intención que volvieran a él, pero "volvieron a su tierra por otro camino". Fulton Sheen aclara: "Nadie que alguna vez se encuentre con Cristo con buena voluntad, volverá por el mismo camino por el que llegó". La lección de los Magos es válida siempre. Nos enseñan alteza de miras para ver la estrella, intrepidez para seguirla y constancia para llegar hasta el fin. "¿Por qué hay hombres, escribe Karl Rhaner, parecidos a los escribas de Jerusalén que conociendo el camino no lo emprenden? ¡Deja todos esos calculadores y sigue la estrella que brilla en tu corazón!"

sábado, 17 de diciembre de 2011

4º Domingo de Adviento, ciclo B

18 de diciembre de 2011
Primera lectura: 2 S 7,-5.8b-12.14a.16. “El reino de David durará por siempre en la presencia del Señor”.
Salmo Responsorial: 88. “Cantaré eternamente los misericordias del Señor”. 
Segunda lectura: Rm 16, 25-27.  “El misterio mantenido en secreto durante siglos, ahora se ha manifestado”.
Evangelio: Lc 1, 26-38. “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo”.
A los seis meses envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen, prometida de un hombre descendiente de David, llamado José. La virgen se llamaba María. Entró donde ella estaba, y le dijo: «Alégrate, llena de gracia; el Señor está contigo». Ante estas palabras, María se turbó y se preguntaba qué significaría tal saludo. El ángel le dijo: «No tengas miedo, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús. Será grande y se le llamará Hijo del altísimo; el Señor le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin». María dijo al ángel: «¿Cómo será esto, pues no tengo relaciones?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño que nazca será santo y se le llamará Hijo de Dios. Mira, tu parienta Isabel ha concebido también un hijo en su ancianidad, y la que se llamaba estéril está ya de seis meses, porque no hay nada imposible para Dios». María dijo: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel la dejó.

 

domingo, 23 de octubre de 2011

Domingo XXX Domund


● Primera lectura ● Ex 22, 20-26 ● “Si explotáis a viudas y huérfanos se encenderá mi ira contra vosotros.”

● Salmo ● 17 ● “Yo te amo, Deñor, tú eres mi fortaleza.”

● Segunda lectura ● 1Ts 1, 5c-10 ● “abandonásteis los idolos para servir a Dios y vivir guardando la vuelta de su Hijo.”

● Evangelio ● Mt 22, 34-40 ● “Amarás al Señor tu Dios y al prójimo como a ti mismo.”




En aquel tiempo, los fariseos al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo: «Amarás al Señor, tu dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él. «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas.
VER
Hace unos días, una persona me decía: "Es que por la mañana te despiertas y empiezas a escuchar las noticias, y se te cae el mundo encima. Ya empiezas el día viviéndolo todo negro". Algunas veces las circunstancias personales que pasamos, o la situación de crisis generalizada, nos llevan a centrarnos mucho en lo negativo. Y no se trata de ponernos unos cristales de color de rosa para ver la realidad, engañándonos a nosotros mismos; pero si nos detenmos a pensar, junto con lo negativo que efectivamente "está ahí", encontraremos también cosas positivas. Como "la botella medio llena y medio vacía". Por eso, para que nuestro estado de ánimo no se derrumbe, es recomendable aprender a pensar en positivo, sin esconder lo negativo, pero resaltando las cosas buenas que encontramos. Porque si nos centramos en lo negativo, eso no nos ayuda a nosotros ni ayuda a los demás.
JUZGAR
En este domingo la Palabra de Dios nos invita a pensar en positivo, idicándonos como pasar de los negativoa encontrar el fundamento para afrontar la realidad en positivo: en Dios y desde Dios. Él, como buen pedagogo, ha ido dándosenos a conocer, adaptándose a nuestra capacidad y comunicándose en la medida en que el ser humano ha ido siendo capaz de asimilar esa revelación.
ACTUAR
¿Suelo centrarme más en lo negativo o en lo positivo? ¿Por qué? En la relación con los demás, ¿me conformo con "no hacer mal a nadie" o me esfuerzo en "amar al prójimo como a mi mismo"? En la relación con Dios, ¿me centro en cumplir los mandamientos, o me esfuerzo en amarle con todo mi corazón, con toda mi alma, con todo mi ser? Mi estilo de vida, ¿supone un testimonio creíble de fe?

Un vídeo de las ayudas del Domund (la cancioncilla es horrible, pero bueno):

viernes, 24 de junio de 2011

"Corpus Christi"

  • Primera lectura: Dt 8, 2-3. 14b-16a. “Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres”.
  • Salmo 147: “Glorifica al Señor, Jerusalén”.
  • Segunda lectura: 1Co 10, 16-17. “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo”.
  • Evangelio: Jn 6, 51-58. “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”.

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo». Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
VER

En el momento del “Ver” del tema 3 del Itinerario de Formación Cristiana de Adultos “Ser cristianos en el corazón del mundo”, una de las preguntas es: “¿En qué suelen poner su felicidad las personas de mi propio ambiente o de la sociedad en general? Aporta un hecho concreto”. Y uno de los participantes apuntó que, para sus padres, la felicidad era poder reunir todos los domingos a su familia, hijos y nietos, para comer juntos, ya que con la “excusa” de estar con los padres también se relacionaban entre ellos, compartiendo no sólo el alimento sino “la vida”, lo trivial y los temas serios... Y que esa reunión familiar hacía que los lazos entre ellos fuesen muy estrechos.

JUZGAR

La semana pasada, con la fiesta de la Santísima Trinidad, poníamos el ejemplo de la Familia Dios, integrada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y que estábamos invitados a formar parte de esa Familia de un modo íntimo, pleno. Y hoy, en esta solemnidad de Corpus Christi, podemos ver que la felicidad de la Familia Dios, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es reunirnos en torno a su mesa para compartir nuestra vida: «El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí». Y en estas palabras empezamos a vislumbrar que su objetivo es que lleguemos a la mayor intimidad, y para llegar a esa intimidad profunda, el Hijo se hace alimento: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él».

Y ante estas palabras, es lógico que nos surja la misma pregunta que se hicieron los judíos: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Es una de las grandes cuestiones de la que la reflexión teológica ha dado razones a lo largo de la historia. Pero, como en el caso de la Santísima Trinidad, nos encontramos ante una cuestión experiencial más que ante una cuestión filosófico-teológica.

De ahí que Jesús no responda directamente a esa pregunta, porque lo más importante no es el “cómo”, sino el significado y las consecuencias de esa experiencia de “comerle a Él”: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre... si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». La felicidad de Dios es que comamos con Él, que “le comamos”, para poder resucitar y vivir eternamente con Él.

Y desde esta experiencia de encuentro íntimo y profundo, se irán estrechando nuestros lazos, no sólo con la Familia Dios, sino también con la gran familia de Dios que es la Iglesia. Porque como hemos escuchado en la 2ª lectura, comer el cuerpo y beber la sangre de Cristo no sólo repercute en nosotros individualmente: «El cáliz... ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan... ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan». Y ahí también está nuestra felicidad.

ACTUAR

Podemos hoy hacernos la pregunta del principio: ¿En qué suelo poner mi felicidad? ¿Qué lugar ocupa Dios? ¿Qué lugar ocupa la participación en la mesa de Dios? ¿Soy consciente de lo que significa la Eucaristía, de las consecuencias de comer el Cuerpo de Cristo y beber Su Sangre, tanto para mí individualmente, como para el conjunto de la Iglesia? ¿Eso me hace feliz?

Al comenzar la celebración hemos dicho en la oración colecta: “Te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención”. Y la 1ª lectura nos decía: «Recuerda el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer... No sea que te olvides del Señor tu Dios». Recordemos hoy que la felicidad de Dios es que nos reunamos con Él y compartamos su mesa. Que no se nos olvide, que nunca faltemos a este sagrado convite, que lo vivamos en comunidad, sintiéndonos unidos como Iglesia, en familia, para tener vida en nosotros, ya ahora, y un día vida eterna, la mayor felicidad que podemos aspirar y a la que estamos llamados porque Dios mismo nos invita.

viernes, 17 de junio de 2011

Trinidad, la solemnidad

  • Primera lectura Éx 34, 4b-6. 8-9: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso”.
  • Salmo Dn 3, 52-56: “A ti gloria y alabanza por los siglos”.
  • Segunda lectura 2Co 13, 11-13: “La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo”
  • Evangelio Jn 3, 16-18: “Dios mandó su Hijo, para que el mundo se salve por él”

"Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios."

VER
Hace bastantes años, los Payasos de la Tele (Gabi, Fofó, Miliki, Fofito...) cantaban una canción cuya letra decía: “No hay nada más lindo que la familia unida, atados por los lazos del amor. Sentir palpitar la misma sangre, sentir que es uno solo el corazón...”. Cuando una familia está unida, esa comparación no se ve descabellada. Y además, solemos hablar de “la familia García” o “la familia Pérez”, en singular, pero sabiendo que ese nombre singular abarca una pluralidad de personas. Y cuando conocemos a esa familia, conocemos cuántas personas la integran.

JUZGAR
Hoy, celebrando la solemnidad de la Santísima Trinidad, podemos decir que estamos celebrando la fiesta de una familia, de una Familia muy unida, también “atados por los lazos del amor”, como decía la canción: es la fiesta de la Familia divina, a quien llamamos en singular “Dios”.

Y al igual que ocurre con las familias humanas, la Familia Dios está integrada por diferentes miembros, por diferentes Personas. Y esto lo sabemos porque la propia familia Dios nos lo ha dado a conocer. Así se dice en el Itinerario de Formación Cristiana para Adultos “Ser cristianos en el corazón del mundo” (tema 5): “El misterio de Dios-Amor, de Dios-Comunión, es el misterio de la Santísima Trinidad... que sólo Dios puede dárnoslo a conocer al revelarse como Padre, Hijo y Espíritu Santo”. Una revelación progresiva en la que Dios ha ido dándose a conocer poco a poco, adaptándose a la capacidad de comprensión del ser humano. Así, en la 1ª lectura, el Señor se muestra a Moisés como «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad».

Una revelación de Dios que alcanza su punto culminante en Jesús. Una de las personas de la Familia Dios viene a nosotros y con su vida, palabra y obras, nos muestra que “es ‘Dios con nosotros’. Es el Hijo eterno de Dios, que sin dejar de ser Dios se hizo hombre por nosotros en el seno de María, por obra del Espíritu Santo... y nos ha manifestado el rostro de Dios”.

En Jesús, la Familia Dios se da a conocer plenamente y abre sus puertas porque “Él ha venido para hacernos hijos de Dios, con el don del Espíritu Santo... para que vivamos en comunión de amor y de vida con Él y con el Padre en el Espíritu Santo...”. En Jesús la Familia Dios nos abre sus puertas por amor, porque Dios es Amor, un amor inabarcable, infinito. Así lo ha dicho Él en el Evangelio: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él». Tanto nos ama Dios, así es Dios.

Y en las palabras de Jesús se nos revela que la familia Dios está integrada por varias Personas: el Padre, con quien Jesús manifiesta una relación de intimidad ya que es el modo normal con que Él designa a Dios; el Hijo que es el nombre que Jesús se da a sí mismo; y el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo y que nos lo enseñará y recordará todo.

“Nuestro conocimiento de Dios va unido al don de sí mismo que Dios nos hace”, y así lo entendieron las primeras comunidades cristianas, que como hemos escuchado en la 2ª lectura, hablaban con normalidad y naturalidad refiriéndose a Dios indistintamente tanto en singular («el Dios del amor y de la paz estará con vosotros») como nombrando a las diferentes Personas que integran la Familia divina («La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con vosotros»).

ACTUAR
“Dios se nos ha revelado en su Hijo como un Padre que nos ama. Ama a su Hijo unigénito Jesucristo y nos ama a nosotros, por cuya salvación no dudó en enviar al mundo a su Hijo querido, entregándolo a la muerte”, como hemos escuchado en el Evangelio.

Recordemos la estrofa de la canción: “No hay nada más lindo que la familia unida, atados por los lazos del amor”. Hoy celebramos que no hay nada más lindo que la Santísima Trinidad, “que no sólo tiene amor sino que es Amor... un amor misericordioso que todo lo da y que se comunica a sí mismo”. Por eso hoy también celebramos que estamos invitados a formar parte de la familia Dios de un modo íntimo, pleno, a “sentir palpitar la misma sangre, sentir que es uno solo el corazón”, porque la Santísima Trinidad “es amor que se desborda: el Padre nos incluye en el amor con que ama a su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo es el Amor infinito que abraza eternamente al Padre y al Hijo, y a nosotros en el Hijo y el Padre”.

Viene de Acción Católica General.

sábado, 30 de abril de 2011

No seas incrédulo, Cristo ha resucitado

  • Primera lectura: Hch 2, 42-47 “Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común”.
  • Salmo 117 “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.
  • Segunda lectura 1P 1, 3-9 “Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva”.
  • Evangelio Jn 20, 19-31 “A los ocho días, llegó Jesús”.

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Para situar este evangelio.
En el segundo domingo de pascua se lee siempre este evangelio. De ahí su importancia y significatividad. Juan concibe la obra de Jesús como la creación de una nueva humanidad y un mundo nuevo. Pero hay como dos tentaciones: Mirar a tras y vivir del recuerdo, donde nos quedaríamos con el sepulcro vacío, no hay nada. O quedarnos refugiados en nuestro interior, en espiritualidades que se auto-realimentan sin salir, sin experimentar la necesidad de salir, de ser testigo porque el resucitado lo encontraremos en lo cotidiano, en la vida. ¿Nos suena esto a los militantes con cierto recorrido o cristianos que estamos de vuelta?
Nueva creación, el primer día de la semana... la resurrección y la Eucaristía están unidas. En la “cena del Señor” se nos muestra como el don gratuito del Señor Resucitado que nos sale al encuentro -Emaús- nos invita a su mesa, nos despierta el entendimiento, nos abre los ojos del corazón y nos invita a su comunión. La eucaristía es una forma permanente de la aparición pascual. El domingo, el primer día de la semana, los cristianos nos reunimos... “se encuentran y son encontrados”. Según los relatos, no es Jesús quien reúne a sus discípulos sino que la aparición del Señor se produce estando ellos reunidos previamente. Por miedo o por fidelidad a las experiencias de comida comunitarias tenidas con Jesús aquellos primeros discípulos se reunían. Se convierte así en signo de la nueva presencia del resucitado.

Para fijarnos en el Evangelio
Los discípulos están reunidos en un mismo lugar. Una manera de decir que son comunidad eclesial. También el “domingo” es expresión del mismo -las dos apariciones se producen en domingo-: es el día en qué nos reunimos como Iglesia para celebrar que el Resucitado esta en medio de nosotros.
En el evangelista Juan encontramos, otras veces, que los seguidores de Jesús tenían “miedo de los judíos”: en el relato del ciego de nacimiento (Jn 9, 22). Miedo, cuando los discípulos ven a Jesús caminar sobre el mar de Galilea; cuando se busca a Jesús, nadie hablaba de él en público por miedo a los judíos; José de Arimatea es discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos. Los discípulos también andaban con miedo (trataban de disuadir a Jesús de no ir a Betania-Judea), aunque Tomás estaba resuelto a correr el mismo riesgo (“vamos también nosotros y muramos con él” -Jn 11, 8.16). Ahora Jesús ha muerto y los suyos tienen miedo, algunos se ponen a salvo, huyeron a Galilea, otros se refugian en casa.
Hace falta tener bien presente que en el evangelio de Juan la expresión “los judíos” no tiene un sentido étnico, no designa el pueblo de Israel como tal, sino que toma un sentido religioso y se refiere concretamente a los dirigentes religiosos del pueblo. En el momento que estamos viviendo, conviene ser delicados con denominaciones como esta. También va bien saber que la comunidad a la que va destinado el evangelio de Juan había vivido la dura experiencia que, a partir del año 70 DC, el judaísmo fue dominado por los fariseos, que provocaron una ruptura total con los cristianos: habían acordado expulsar de la sinagoga todo el mundo quien confesara que Jesús era el Mesías (Jn 9, 22). Pese al “cierre”, el Resucitado toma la iniciativa y se hace presente en medio de los discípulos.
En esta iniciativa, Jesús da “la paz”, su paz, la que el mundo no da, tal y como lo había anunciado. Una paz que es cumplimiento de la promesa de la cena: “la paz os dejo...” (Jn 14, 27; cf Is 52, 7; 60, 57; 66, 12). Tenían motivos para sentirse atenazados por el miedo (Jn 15, 18-20: “si el mundo os odia”); pero no deben acobardarse (Jn16, 33: “tener valor, yo he venido al mundo”). El miedo se evapora con el saludo de la paz pascual (Jn 20, 20: “se llenaron de alegría”). Las dudas sobre el resucitado se desvanecen con la identificación corporal: “les enseñó las manos y el costado”. Mostrar “las manos y el costado”, que son los lugares con las marcas de la muerte en cruz, es una manera de incidir en que el Resucitado es el mismo que fue Crucificado. La expresión “como el Padre” o, en otros lugares, “tal y como yo os lo he hecho” (Jn 13, 15) indica como tiene que ser la vida del discípulo: dejarse modelar según Jesús, como Él se ha dejado modelar por el Padre. Aquello que define Jesús es la misión, el ser “enviado”. También sus discípulos, y la Iglesia como tal, serán definidos por la misión que Él les da: “Tal y como tú me has enviado al mundo, yo también se los he enviado” (Jn 17, 18). La Iglesia reunida, la paz, la misión... todo arranca de la Pascua. Será el don del Espíritu quien lo active. El soplo de Jesús sobre los discípulos expresa que su resurrección abre el paso a una creación nueva: “Entonces el Señor-Dios modeló al hombre con barro de la tierra. Le infundió el aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo” (Gn 2, 7). Jesús había rogado el Padre que diera “un Defensor a los discípulos” (Jn 14, 16), es decir, quien pueda ser invocado para auxiliar, acompañar y ayudar, pero también para aconsejar y consolar, y para interceder. Es el Espíritu Santo. Con él llegan el recuerdo y el conocimiento (Jn 14, 26) que marcan el comienzo de la fe (Jn 7, 39). El Espíritu es, en Juan, un maestro que ilumina. Y es quien da al creyendo su identidad propia de testigo de Jesús (Jn 15, 26-27). Podríamos decir que el Espíritu es el verdadero autor del Evangelio, porque de él viene el recuerdo de aquello que Jesús hizo y dijo, y la comprensión de este recuerdo. Las palabras de Jesús sobre el perdón nos recuerdan las que recoge Mateo dirigidas a Pedro (Mt 16, 19) y a toda la comunidad (Mt 18, 18). Palabras en las que “atar y desatar” significa excluir o admitir en la comunidad. El Resucitado deja este don precioso y tan delicado en manos de la propia comunidad de los discípulos, portadora para el mundo de la vida nueva. Una gran responsabilidad.
Tomás, era del grupo de los doce, Jesús se somete a lo exigido por Tomás. Su “Señor mío y Dios mío” ha quedado en la tradición cristiana como profesión de fe emblemática; es el reconocimiento de Jesús como Hijo de Dios. Y como colofón, la última bienaventuranza: “dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20, 29). Así, en la figura de Tomás encontramos el retrato de todo discípulo de Jesús que debe hacer su propio proceso antes de poder decir “he visto el Señor”, como dicen ya los otros compañeros suyos, o como dirá él mismo más adelante: “¡Señor mío y Dios mío!”. Tomás, no se resiste a creer sino que hace preguntas, pide ayuda, necesita signos, como aquel hombre que era ciego (Jn 9, 35-48).
La bienaventuranza dirigida por el Resucitado a los creyentes que no hemos conocido Jesús histórico, da sentido al evangelio y al hecho de evangelizar: “dar testigo a quienes no han visto a Jesús para que puedan abrirse a la fe”. Quienes reciben el evangelio -buena noticia- son “felices” porque la fe les permite “ver” lo que antes nunca habían visto.
Este es “el ver-juzgar” de la Revisión de Vida, que lleva al “Actuar”, es decir, a la Vida Nueva. La finalidad de la evangelización es que quienes no conocen Jesús sean “felices” conociéndolo, sean “felices” con la fe. Los signos no son la fe, sino son para gloria de Dios e influyen en la génesis de la fe (Jn 2, 11: “creció la fe de sus discípulos”; Jn 4, 63: “creyó el padre y su familia”; Jn 9, 38: “el ciego cree”; Jn 11, 45: “muchos creyeron”).
¿Qué es entonces la fe? Arriesgándonos, podemos decir que la fe es un acto abierto, plural... donde hay anuncio del mensaje, testimonio de otros creyentes, gracia de Dios y libre decisión personal. Lo que cuenta no es ver, sino creer; de la fe nace la nueva vida.

Más aquí.

viernes, 1 de abril de 2011

Domingo "laetare", IV de cuaresma.

  • Primera lectura: 1S 16, 1b. 6-7. 10-13a “David es ungido rey de Israel”.
  • Salmo 22 “El Señor es mi pastor, nada me falta”.
  • Segunda lectura Ef 5, 8-14 “Levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz”.
  • Evangelio: Jn 9, 1-41 “Fue, se lavó, y volvió con vista”.

Y al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron:
«Maestro, ¿quién pecó: este o sus padres, para que naciera ciego?». Jesús contestó: «Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado: viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo».
Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)». Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
«¿No es ese el que se sentaba a pedir?». Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». El respondía: «Soy yo».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé y veo». Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?». Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?». Él contestó: «Que es un profeta».
Le replicaron: «Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?». Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?». Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él.

Para situar el Evangelio
Seguimos dejándonos acompañar como los primeros cristianos por unos textos catequéticos. Si los de la Samaritana expresaba lo que significa creer en Jesús y dar testimonio a otros confesando nuestro propio pecado como nuestra fe, compartiendo esa experiencia con otros como buena noticia. El relato del ciego de nacimiento extiende este proceso a una persona que no solo es llamada a creer en Jesús -por el encuentro con Jesús, luz del mundo y Dios hecho hombre- sino a convertirse en discípulo y experimentar la persecución por estar asociado a Jesús.
Hay también una pedagogía de signos: con la samaritana se juega con el signo del agua (que da vida eterna); hoy con el signo de la luz (el que cree y confía en la palabra de Jesús llega a la luz). Hay otros signos que son los actuares de Jesús - prodigios, fuerzas, milagros que Juan los designa “signos” (Jn2,11; Jn4,53) y tienen la función de interpelar a quienes los ven y, sin debilitar su libertad, hacen posible la fe. ¿Qué sucede con el ciego? Un proceso de reconocimiento: 1º “ese hombre que se llama Jesús”; 2º como “profeta”; y 3º como “Señor”: “creo, Señor. Y se postró ante él”. Jesús es la “luz del mundo”. Lo dice, como aquí (Jn 8,12), y lo dice de los discípulos (Mt 5,14). Según como lo recibamos, esta “luz” nos ilumina, como les oscurece a los “fariseos”. Además del tema de la “luz”, tiene importancia la clave de lectura que nos da el diálogo sobre el “pecado”. Jesús afirma que la ceguera no proviene del pecado. No tenemos que leer este texto pensando que el ciego simboliza al pecador y la ceguera al pecado. Más bien la ceguera es la situación previa a haber acogido a Jesús y su Palabra. Y la visión que Jesús da simboliza la fe. Por tanto, lejos de nosotros lo de pensar que un mal es un castigo por pecar.
Que el ciego lo sea “de nacimiento” quiere decir que “ver” -la fe- será algo nuevo, símbolo de una nueva vida: será un nuevo nacimiento (Jn 3,1ss).

Para fijarnos en el Evangelio
Fuera del templo.
La pregunta de los discípulos obedece a que en el judaísmo se pensaba que la desgracia era efecto del pecado, que Dios castigaba en proporción a la gravedad de la culpa; los defectos congénitos se atribuían a las faltas de los padres. Jesús rechaza esto.
Sentido de la ceguera.
Representa a los que se han vivido sometidos a la presión y nunca han vislumbrado lo que significa ser persona (Is 6,9-11). Son otros los culpables de su/la ceguera. Contrasta con la ceguera de los fariseos que poseyendo la luz basada en el conocimiento de la ley, siempre se han sentido poseedores de la luz por la ley... Jesús dice que el pecado no es ser ciego, sino serlo voluntariamente, rechazando la evidencia, como lo han hecho ellos; además imponen su mentira como verdad (cfr Is 5,20): “¡Ay, los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz, y luz por oscuridad...!”. Doble mala fe. Ejercen la opresión con plena conciencia de lo que hacen y se obstinan en su mentira.
Los discípulos han de asociarse a la actividad de Jesús y librar a la persona de su impotencia, dando capacidad de acción... De la injusticia puede surgir la indignación, el urgirnos a la acción... aprovechar la oportunidad y ser luz -como Jesús, “luz del mundo”- emprender una misión que libera (Is 43,6ss; 49,6ss).
“Escupió... hizo barro...” Jesús pasa a la acción y pone ante los ojos el proyecto de Dios sobre el hombre. Jesús crea el hombre nuevo (Gn 2,7; Job 10,9; Is 64,7), compuesto de tierra/carne y saliba/espíritu de Jesús; le pone ante sus ojos su propia humanidad, la del Hombre-Dios, proyecto de divino realizado -untar-ungir- en referencia al Mesías -el ungido- lo invita a ser hombre acabado, ungido e hijo de Dios por el Espíritu.
La decisión de obtener la vista queda en la libertad del ciego de ir o no ir. Ha visto la luz gracias a su acción-opción de ir, no por ninguna enseñanza. La vista adquirida le permitirá distinguir los verdaderos valores de los falsos (es la experiencia de liberación Is 29,18ss; 35,5.10; 42,6ss).
La gente ve que el que no se movía alguien le ha movilizado... las dudas sobre su identidad pone de manifiesto al transformación habida en uno... El interés por el hecho, por la figura de Jesús suscita una esperanza...
Aparecen los fariseos, no les interesa el hecho ni se alegran por él, quieren saber el como, para saber si ha habido infracción de la ley. Aparecen división de opiniones: la ley o el valor del signo (manifestación del poder de Dios). El ciego confiesa a Jesús como profeta, su actividad es de Dios.
Fariseos y dirigentes... se refugian en el escepticismo e incredulidad ya que si aceptan el hecho se derrumba su sistema teológico. Interrogatorio a los padres, que sienten miedo, cuentan el hecho... pero el hijo no tiene miedo y hay una presión sobre el pueblo para evitar la adhesión a Jesús.
No se puede negar el hecho recurren a su autoridad doctrinal (el actuar de Jesús es contraria a Dios=pecador). El ciego no se mete en cuestiones teóricas-teológicas, y opone el hecho a la teoría. Se niega a someterse-callarse, contraataca -¿queréis haceros discípulos suyos?- en lo sensible y les hace decantarse: se quedan en el pasado, optan por la ley sin amor... no quieren leer la realidad donde se manifiesta el amor de Dios (la miran desde su ideología). El ciego se convierte en militante y ridiculiza el argumento de los dirigentes... y ante eso surge la coacción moral y la violencia (lo echan fuera). El que ha tenido experiencia de liberación es un obstáculo para su dominación.
Jesús no abandona al que ha sido fiel... le pregunta si mantiene su adhesión al ideal de persona que ha visto (ya está aquí, delante de él). Jesús se revela a él. Expulsado de la institución judía, encuentra en Jesús el nuevo santuario, donde brilla la gloria-amor de Dios Padre: “se postró”, es un adorador de los que el Padre busca.
No es misión de Jesús juzgar a la humanidad, pero su presencia y actividad denuncian el modo de obrar del orden opresor y abren un proceso contra él: quienes estén por la liberación y la vida se pondrán de parte de Jesús. Y así, los que nunca han podido conocer, como el ciego, experimentarán la acción amor de Dios, y conocerán. Los que podían conocer, pero engañaban con su doctrina, al rechazar a Jesús perderán para siempre la luz de la vida.

jueves, 24 de marzo de 2011

Cuaresma, tercer domingo

  • Primera lectura Éx 17, 3-7 “Danos agua de beber”.
  • Salmo 94 “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: ‘No endurezcáis vuestro corazón’”.
  • Segunda lectura Rm 5, 1-2. 5-8 “El amor de Dios ha sido derramado en nosotros con el Espíritu que se nos ha dado”.
  • Evangelio Jn 4, 5-42 “Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”.
Llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta. Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber». Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva». La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?». Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna». La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Señor, veo que tú eres un profeta.
Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que adoran deben hacerlo en espíritu y verdad». La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo». Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía
creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

viernes, 11 de marzo de 2011

Las tentaciones, primero domingo de cuaresma.

I Domingo de Cuaresma AÑO A Mt 4, 1-11
  • Primera lectura: Gn 2, 7-9; 3, 1-7 “Creación y pecado de los primeros padres”.
  • Salmo 50 “Misericordia, Señor, hemos pecado”.
  • Segunda lectura Rm 5, 12-19 “Si creció el pecado, más abundante fue la gracia”.
  • Evangelio Mt 4, 1-11 “Jesús ayuna cuarenta días y es tentado”:
Entonces Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes». Pero él le contestó: «Está escrito: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras”». Jesús le dijo: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”». De nuevo el diablo lo llevó a un monte altísimo y le mostró los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: «Todo esto te daré, si te postras y me adoras». Entonces le dijo Jesús: «Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”». Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían.
Para situar este evangelio y este tiempo de cuaresma
Si adviento es tiempo de cultivar la esperanza, la cuaresma es el tiempo de cultivar y afianzar la fe. Las lecturas que se ofrecen son como una catequesis para afianzar nuestro ser cristianos: “todos los que hemos sido bautizados en Cristo vivimos ahora por el poder del Espíritu Santo con Jesús para gloria de Dios Padre”. El primer domingo nos presenta a Jesús en el desierto, llevado allí por el poder del Espíritu para ser tentado y puesto a prueba por Satanás. Es un tiempo para que seamos vistos y conocidos por lo que somos y lo que pretendemos ser: hijos e hijas de Dios. Con las tentaciones, se nos quiere hablar como entender el mesianismo de Jesús... Mateo hace intervenir al Espíritu que es quien guía a Jesús y le lleva al desierto.

Para fijarnos en el Evangelio
Algunas notas sobre algunos términos:
- El “desierto”, en la Biblia, es una zona con poca vegetación, poco habitada y con animales peligrosos. Allí viven los desterrados y perseguidos (Gn 21, 14; 1Mac 2, 29s) y el diablo y los malos espíritus (Mt 12, 43). Es también lugar de prueba, de corrección, de reflexión y de diálogo-encuentro con Dios, como se puede ver en esta escena del desierto de Jesús (así como también a Dt 8, 2-6).
- Los términos “diablo” y “Satanás” significaban originariamente “adversario” y “acusador” o fiscal en un juicio. El Antiguo Testamento imagina que a la corte celestial hay un “acusador” que presenta a Dios las infidelidades de los hombres (Za 3, 1-5; Job 1, 6.9) y que ejerce al mismo tiempo el papel de "tentador” (1Cr 21, 1). Después pasa a designar la personificación de las fuerzas del mal y la sabiduría la
identifica con la serpiente del Edén (Gn 3, 15; Sabiduría 2, 24).
- La cifra “cuarenta” en la Biblia equivale a un periodo de tiempo largo (en este sentido, estos cuarenta días podrían hacer referencia a toda la misión de Jesús). Tiempo que puede ser de opresión, de seducción, de camino hacia la libertad, de crisis. Puede hacer alusión a la estancia de Moisés en la montaña (Ex 34, 28), al camino que recorrió Elías por llegar a la montaña de Dios (1Re 19, 8) y a los cuarenta años de peregrinaje de Israel por el desierto (Num 14, 34). También fueron cuarenta los días del Diluvio (Gn 7, 17). El ministerio de Jesús es camino que pasa por la prueba y va a la Pascua.
- Hay otros elementos del Antiguo Testamento que Mateo hace resonar en esta página: el “templo”, la “montaña” y los “ángeles”. El evangelista pone así en relación Jesús y su misión con la historia del pueblo de Israel que experimenta las dificultades del camino por el desierto, las dificultades de hacerse responsable del don de la libertad, la tentación de romper la Alianza y de ir a lo suyo, adorando a otros dioses.
En la escena anterior (Mt 3, 16-17), Mateo nos acaba de decir que “el Espíritu de Dios... posarse encima de Jesús” y que el Padre proclamaba que Jesús es “el Hijo, el estimado”. Ahora el evangelista nos dice que el mismo “Espíritu conduce Jesús al desierto” con una finalidad muy concreta: “para que el diablo lo tentara”. “El Espíritu” es quien conduce toda la vida y misión de Jesús, de principio a final (Mt 12, 18ss). Como toda vida humana, la de Jesús está marcada por la prueba (la tentación), la tarea de decidir en cada momento entre decir sí o decir no a Dios, que invita todos sus hijos y hijas a vivir en libertad su camino. El relato de las tentaciones describe de forma gráfica toda la lucha que Jesús tuvo que mantener por ser fiel a la voluntad del Padre.
La primera de las tentaciones es la de vivir y actuar según una idea no-humana del que es ser “Hijo de Dios”. Jesús expresa (citando Dt 8, 3) cómo lo vive Él: ser Hijo es hacer la voluntad del Padre. Y el que el Padre quiere es que Jesús haga el camino de los hombres y mujeres que se tienen que ganar el pan con el trabajo. Una voluntad que Jesús encuentra expresada en la Palabra, verdadero alimento para los hijos e hijas de Dios.
La segunda tentación -en boca del diablo que manipula palabras bíblicas (Sal 91, 11-12)-consiste en exigir de Dios una señal espectacular. Tentación de toda persona religiosa que duda de si Dios es o no es. Jesús responde con la referencia a la escritura (Dt 6, 16), afirmando que Dios no puede ser utilizado ni manipulado. Su presencia es un don totalmente gratuito que se manifiesta sobre todo en la pobreza. “Los ángeles” no le ahorrarán a Jesús ningún sufrimiento sino que, “sirviéndolo”, aparecen como signo de la fidelidad de Jesús en el servicio a los más pobres.
La tercera tentación pasa por ponerse por encima de todo y a consta de lo que sea. Esto es dar al diablo la adoración que tan sólo Dios merece. Dios, por su parte, enviando su Hijo hecho hombre, se ha puesto por debajo, al servicio de toda la creación y de todos los hombres y mujeres. Este Dios que se abaja es el que Jesús adora todo citando, una vez más, la Escritura (Dt 6, 13). Se pone en boca de Jesús una respuesta desde la escritura... la cita expresamente. Jesús lee la Escritura teniendo como criterio de fidelidad y comunión con Dios... no la manipulación o instrumentalización de la escritura (típica de juristas y moralistas).

jueves, 20 de enero de 2011

Domingo tercero del tiempo ordinario. Ciclo A.

  • Primera lectura: Is 8, 23b-9, 3. “En la Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande”.
  • Salmo 26: “El Señor es mi luz y mi salvación”.
  • Segunda lectura: 1Co 1, 10-13. 17. “Poneos de acuerdo y no andéis divididos”.
  • Evangelio: Mt 4, 12-23. “Se estableció en Cafarnaún. Así se cumplió lo que había dicho Isaías”.

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:
«País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores.
Les dijo: «Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

QUIERO ESCUCHAR A JESÚS
Quiero escuchar a Jesús, como los primeros
discípulos: “venid conmigo y os haré
pescadores de hombres”.
Quiero escuchar a Jesús, como la muchedumbre:
“bienaventurados los pobres...”.
Quiero escuchar a Jesús, como los doce:
“vosotros sois la sal de la tierra
y la luz del mundo”.
Quiero escuchar a Jesús, como el tentador:
“no solo de pan vive el hombre”.
Quiero escuchar a Jesús, como los apostoles:
“cuando oreis decid. Padre nuestro...”.
Quiero escuchar a Jesús, como
el sordomudo: “ábrete”.
Quiero escuchar a Jesús, como el
paralítico: “Tus pecados te son perdonados.
Levántate y anda”.
Quiero escuchar a Jesús, como Pedro:
“Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”
Quiero escuchar a Jesús, como los enviados
a la misión: “el Espíritu de vuestro
Padre hablará por vosotros”.
Quiero escuchar a Jesús, como la gente:
“venid a mí todos los que estáis cansados,
que yo os aliviaré”.

viernes, 14 de enero de 2011

Domingo II del tiempo ordinario

  • Primera lectura  Is 49, 3. 5-6  “Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación”.
  • Salmo  39  “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.
  • Segunda lectura 1Co 1, 1-3 “La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesús sean con vosotros”. 
  • Evangelio Jn 1, 29-34 “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Jesús es hijo y cordero que se entrega”.
En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea  manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios».

Para situar el Evangelio

El pasado domingo, con el Bautismo del Señor, dábamos por acabado el tiempo de Navidad. Pero el  Evangelio de este domingo tiene continuidad con los de las dos fiestas anteriores: es el tercer “cuadro” de un “tríptico” que empezaba con la fiesta de “Navidad”, Epifanía y que continua con el “Bautismo del Señor”.
Son ‘cuadros’, estos tres evangelios, que ‘pintan’ a un Jesús manifestándose como el “Hijo de Dios”... o el “Cordero de Dios”. De hecho, este texto es el paralelo joánico a los relatos del Bautista que hacen los otros evangelistas.
En el texto del evangelista Juan aparece el otro Juan, el Bautista, como testigo enviado por Dios: Dios envió un hombre que se llamaba Juan. Vino como testigo, a dar testimonio de la luz, para que por él todo el mundo creyera (Jn 1, 6-7).

Para fijarnos en el Evangelio
Jesús aparece “viniendo” hacia Juan Bautista, que representa las esperanzas de Israel. Es la primera
aparición de Jesús en este evangelio. Jesús, que “viene”, da cumplimiento a las prometidas de Dios (Is 40,10). “Viene” a hacer realidad que el dominio del pecado será desechado del mundo cómo había  anunciado el profeta Isaías (Is 40,2). El evangelista destaca al Bautista como testigo enviado por Dios. Primero ha sido instrumento humilde para que “él se manifestara en Israel”. Ahora da testimonio, lo muestra
a todo el mundo que quiera “mirar”. Hace falta “mirar” a Jesús (Jn 1,29.35) e ir a vivir con él (Jn 1,39.46)  para conocerlo (Jn 1,26; 8,19; 10,14; 14,7ss; 17,3), estimarlo-amarlo (Jn 14,15.21ss; 16,27; 21,15ss) y seguirlo (Jn 1,37ss; 1,43; 8,12; 10,4.27; 12,26; 21,19.22). El testimonio del Bautista acerca de Jesús es claro reconocimiento de la superioridad del Mesías: Jesús es anterior a Juan: “Está por delante de mí, porque existía antes que yo” (Jn 1,30;1,1). Le supera en dignidad, ya que Juan no merece desatar la correa de su
sandalia (Mc 1,7); Juan bautiza sólo en agua (Jn 1,3 1 -1 Mc 1,8); Jesús “ha de bautizar con Espíritu Santo” (Jn 1,33); Jesús es el novio, al que pertenece la esposa, mientras Juan sólo es el amigo del novio (Jn 3,29).
Y, como se dice hoy, Juan llama a la conversión de los pecados (Lc 3,3), mientras Jesús es “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

miércoles, 5 de enero de 2011

Epifanía del Señor

La Epifanía es la gran fiesta del universalismo de la salvación: Dios ha llamado a todos los pueblos a participar de la novedad mesiánica del Cristo. Los textos bíblicos de hoy representan una reflexión madura sobre el misterio que celebramos.
Las lecturas que se proclaman en la solemnidad de hoy constituyen un mensaje de apertura, de esperanza, de amor apasionado por los valores presentes en todas las culturas y religiones de la humanidad. Es una invitación al diálogo y al testimonio, a la inserción en el mundo y al compromiso por el ecumenismo. Es un poema al universalismo y a la fraternidad entre los pueblos y culturas, no sólo por motivos filantrópicos, sino porque Dios ama a todos los hombres, se ha revelado a todos y redime a todos en la sangre de su Hijo. Es también una invitación a descubrir “los signos” de Dios en la vida, indispensables para alimentar la fe y experimentar el gozo y la luz de quien ha descubierto la verdad y la salvación en Cristo.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Zaqueo



En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.
Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa».
Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador».
Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más».
Jesús le contestó: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

sábado, 13 de marzo de 2010

IV Domingo de Cuaresma

Josué 5,9a.10-12
2Cor 5,17-21
Lc 15,1-3.11-32

La liturgia de este domingo es un canto a la reconciliación, como abandono de un pasado de esclavitud y de muerte y como inicio de un futuro de vida nueva: Israel, dejando atrás definitivamente la tierra de Egipto y el desierto, celebra por primera vez la pascua en la tierra prometida (primera lectura); el hijo que estaba muerto ha vuelto a la vida y es acogido amorosamente por el Padre que hace fiesta por él (evangelio); y Pablo anuncia el evangelio de la reconciliación (segunda lectura): “a quien no cometió pecado, Dios lo hizo por nosotros reo de pecado, para que gracias a él, nosotros nos transformemos en salvación de Dios” (2Cor 5,21).


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