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viernes, 13 de marzo de 2015

24 horas para el Señor (Actualizado)

Fuente: Aciprensa:
 Desde hoy 13 marzo hasta el día de mañana se llevará a cabo en todo mundo la segunda edición del evento “24 horas para el Señor”. Esta jornada de oración y confesión es una iniciativa del Papa Francisco, organizada por el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización. Se realiza durante el cuarto viernes y sábado de Cuaresma y es una invitación a todos los católicos no practicantes y alejados de la Iglesia para “volver a casa”. Bajo el lema: “Dios es rico en misericordia” numerosas las iglesias del mundo estarán abiertas para todos los fieles que deseen confesarse. Es una oportunidad para que aquellos hermanos alejados e indiferentes a la Iglesia vuelvan. El Papa Francisco recuerda constantemente que la confesión es importante porque está en el centro del camino de la Nueva Evangelización en toda la Iglesia. Francisco también exhorta a orar y salir al encuentro de los que están en las periferias existenciales. En el Vaticano habrá una liturgia penitencial presidida por el Papa en la Basílica de San Pedro y se ha preparado una Adoración Eucarística.

En Trigueros la iglesia del Carmen, permanecerá abierta desde las 10:00 de la mañana hasta las 22:00 con exposición del Santísimo. Hay unas hojas con el mensaje del Papa para la cuaresma para ayudar a la oración personal y una exposición de fotografías sobre la oración.
Actualización: imagen a las 17:30 de la tarde..


viernes, 31 de mayo de 2013

Corpus Christi y oración mundial

 31 de mayo de 2013

EL OBISPO INVITA A LOS FIELES A QUE SE UNAN A LA HORA DE ADORACIÓN AL SANTÍSIMO CONVOCADA POR EL PAPA

Será el domingo, día 2, coincidiendo con la Solemnidad del Corpus, de 17.00 a 18.00 horas


Nuestro obispo, José Vilaplana Blasco, invita a los fieles de toda la Diócesis a que se unan al gesto que, en el marco del Año de la Fe y coincidiendo con la Solemnidad del Corpus, ha convocado el Papa Francisco. Se trata de una hora de Adoración al Santísimo Sacramento que, el mismo Santo Padre presidirá el próximo domingo, día 2, desde la Basílica de San Pedro, en Roma, y a la que todas las diócesis están llamadas a celebrar en sus catedrales, así como en las parroquias en las que sea posible.


De esta manera, la Catedral de Ntra. Señora de La Merced de Huelva, se unirá simultáneamente el domingo –de 17.00 a 18.00 horas- a este gesto de comunión de toda la Iglesia con el Señor y con el Sucesor de Pedro, en una hora de Adoración que será presidida por nuestro Pastor. Al mismo tiempo, se desarrollará en diversas parroquias de nuestra Diócesis.

Asimismo, siguiendo la invitación del Papa, se orará por la Iglesia extendida por todo el mundo, por aquellos que en diferentes puntos de la geografía mundial sufren las nuevas esclavitudes y son víctimas de las guerras, trata de personas, narcotráfico y del trabajo esclavo; por los niños y mujeres que padecen todo tipo de violencia y por los que viven en la precariedad económica y sin empleo. También por los ancianos, los inmigrantes, los sin techo, los encarcelados y los marginados.


martes, 15 de mayo de 2012

Desiertos

Cuando el simún , el viento del desierto, azota las caravanas, los viajeros se arrojan al suelo y los camellos se tumban, así ofrecen menos resistencia al viento que amenaza con arrastrarlos. El suelo es lo más sólido en medio del desierto.
En el desierto de hoy, es Cristo nuestro suelo, es Cristo la roca que impide que vendaval de egoísmo rampante, del pensamiento hueco, del vivir de apariencias y para tener, de la mentira mil veces repetida... nos arrastre.
La mesa de la comunión ilumina por un momento nuestros rostros, nos reconocemos porque miramos en la misma dirección, al mismo anfitrión, la misma mesa, las mismas viandas. A veces no te gusta el que tienes al lado, pero ni tú lo has elegido a él, ni él te eligió a ti. Ambos habéis sido llamados por el mismo y eso es lo que importa.

viernes, 24 de junio de 2011

"Corpus Christi"

  • Primera lectura: Dt 8, 2-3. 14b-16a. “Te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres”.
  • Salmo 147: “Glorifica al Señor, Jerusalén”.
  • Segunda lectura: 1Co 10, 16-17. “El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo”.
  • Evangelio: Jn 6, 51-58. “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”.

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo». Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
VER

En el momento del “Ver” del tema 3 del Itinerario de Formación Cristiana de Adultos “Ser cristianos en el corazón del mundo”, una de las preguntas es: “¿En qué suelen poner su felicidad las personas de mi propio ambiente o de la sociedad en general? Aporta un hecho concreto”. Y uno de los participantes apuntó que, para sus padres, la felicidad era poder reunir todos los domingos a su familia, hijos y nietos, para comer juntos, ya que con la “excusa” de estar con los padres también se relacionaban entre ellos, compartiendo no sólo el alimento sino “la vida”, lo trivial y los temas serios... Y que esa reunión familiar hacía que los lazos entre ellos fuesen muy estrechos.

JUZGAR

La semana pasada, con la fiesta de la Santísima Trinidad, poníamos el ejemplo de la Familia Dios, integrada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y que estábamos invitados a formar parte de esa Familia de un modo íntimo, pleno. Y hoy, en esta solemnidad de Corpus Christi, podemos ver que la felicidad de la Familia Dios, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, es reunirnos en torno a su mesa para compartir nuestra vida: «El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí». Y en estas palabras empezamos a vislumbrar que su objetivo es que lleguemos a la mayor intimidad, y para llegar a esa intimidad profunda, el Hijo se hace alimento: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él».

Y ante estas palabras, es lógico que nos surja la misma pregunta que se hicieron los judíos: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Es una de las grandes cuestiones de la que la reflexión teológica ha dado razones a lo largo de la historia. Pero, como en el caso de la Santísima Trinidad, nos encontramos ante una cuestión experiencial más que ante una cuestión filosófico-teológica.

De ahí que Jesús no responda directamente a esa pregunta, porque lo más importante no es el “cómo”, sino el significado y las consecuencias de esa experiencia de “comerle a Él”: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre... si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». La felicidad de Dios es que comamos con Él, que “le comamos”, para poder resucitar y vivir eternamente con Él.

Y desde esta experiencia de encuentro íntimo y profundo, se irán estrechando nuestros lazos, no sólo con la Familia Dios, sino también con la gran familia de Dios que es la Iglesia. Porque como hemos escuchado en la 2ª lectura, comer el cuerpo y beber la sangre de Cristo no sólo repercute en nosotros individualmente: «El cáliz... ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo? Y el pan... ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan». Y ahí también está nuestra felicidad.

ACTUAR

Podemos hoy hacernos la pregunta del principio: ¿En qué suelo poner mi felicidad? ¿Qué lugar ocupa Dios? ¿Qué lugar ocupa la participación en la mesa de Dios? ¿Soy consciente de lo que significa la Eucaristía, de las consecuencias de comer el Cuerpo de Cristo y beber Su Sangre, tanto para mí individualmente, como para el conjunto de la Iglesia? ¿Eso me hace feliz?

Al comenzar la celebración hemos dicho en la oración colecta: “Te pedimos nos concedas venerar de tal modo los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre, que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención”. Y la 1ª lectura nos decía: «Recuerda el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer... No sea que te olvides del Señor tu Dios». Recordemos hoy que la felicidad de Dios es que nos reunamos con Él y compartamos su mesa. Que no se nos olvide, que nunca faltemos a este sagrado convite, que lo vivamos en comunidad, sintiéndonos unidos como Iglesia, en familia, para tener vida en nosotros, ya ahora, y un día vida eterna, la mayor felicidad que podemos aspirar y a la que estamos llamados porque Dios mismo nos invita.

viernes, 17 de junio de 2011

Trinidad, la solemnidad

  • Primera lectura Éx 34, 4b-6. 8-9: “Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso”.
  • Salmo Dn 3, 52-56: “A ti gloria y alabanza por los siglos”.
  • Segunda lectura 2Co 13, 11-13: “La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo”
  • Evangelio Jn 3, 16-18: “Dios mandó su Hijo, para que el mundo se salve por él”

"Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios."

VER
Hace bastantes años, los Payasos de la Tele (Gabi, Fofó, Miliki, Fofito...) cantaban una canción cuya letra decía: “No hay nada más lindo que la familia unida, atados por los lazos del amor. Sentir palpitar la misma sangre, sentir que es uno solo el corazón...”. Cuando una familia está unida, esa comparación no se ve descabellada. Y además, solemos hablar de “la familia García” o “la familia Pérez”, en singular, pero sabiendo que ese nombre singular abarca una pluralidad de personas. Y cuando conocemos a esa familia, conocemos cuántas personas la integran.

JUZGAR
Hoy, celebrando la solemnidad de la Santísima Trinidad, podemos decir que estamos celebrando la fiesta de una familia, de una Familia muy unida, también “atados por los lazos del amor”, como decía la canción: es la fiesta de la Familia divina, a quien llamamos en singular “Dios”.

Y al igual que ocurre con las familias humanas, la Familia Dios está integrada por diferentes miembros, por diferentes Personas. Y esto lo sabemos porque la propia familia Dios nos lo ha dado a conocer. Así se dice en el Itinerario de Formación Cristiana para Adultos “Ser cristianos en el corazón del mundo” (tema 5): “El misterio de Dios-Amor, de Dios-Comunión, es el misterio de la Santísima Trinidad... que sólo Dios puede dárnoslo a conocer al revelarse como Padre, Hijo y Espíritu Santo”. Una revelación progresiva en la que Dios ha ido dándose a conocer poco a poco, adaptándose a la capacidad de comprensión del ser humano. Así, en la 1ª lectura, el Señor se muestra a Moisés como «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad».

Una revelación de Dios que alcanza su punto culminante en Jesús. Una de las personas de la Familia Dios viene a nosotros y con su vida, palabra y obras, nos muestra que “es ‘Dios con nosotros’. Es el Hijo eterno de Dios, que sin dejar de ser Dios se hizo hombre por nosotros en el seno de María, por obra del Espíritu Santo... y nos ha manifestado el rostro de Dios”.

En Jesús, la Familia Dios se da a conocer plenamente y abre sus puertas porque “Él ha venido para hacernos hijos de Dios, con el don del Espíritu Santo... para que vivamos en comunión de amor y de vida con Él y con el Padre en el Espíritu Santo...”. En Jesús la Familia Dios nos abre sus puertas por amor, porque Dios es Amor, un amor inabarcable, infinito. Así lo ha dicho Él en el Evangelio: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él». Tanto nos ama Dios, así es Dios.

Y en las palabras de Jesús se nos revela que la familia Dios está integrada por varias Personas: el Padre, con quien Jesús manifiesta una relación de intimidad ya que es el modo normal con que Él designa a Dios; el Hijo que es el nombre que Jesús se da a sí mismo; y el Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo y que nos lo enseñará y recordará todo.

“Nuestro conocimiento de Dios va unido al don de sí mismo que Dios nos hace”, y así lo entendieron las primeras comunidades cristianas, que como hemos escuchado en la 2ª lectura, hablaban con normalidad y naturalidad refiriéndose a Dios indistintamente tanto en singular («el Dios del amor y de la paz estará con vosotros») como nombrando a las diferentes Personas que integran la Familia divina («La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté siempre con vosotros»).

ACTUAR
“Dios se nos ha revelado en su Hijo como un Padre que nos ama. Ama a su Hijo unigénito Jesucristo y nos ama a nosotros, por cuya salvación no dudó en enviar al mundo a su Hijo querido, entregándolo a la muerte”, como hemos escuchado en el Evangelio.

Recordemos la estrofa de la canción: “No hay nada más lindo que la familia unida, atados por los lazos del amor”. Hoy celebramos que no hay nada más lindo que la Santísima Trinidad, “que no sólo tiene amor sino que es Amor... un amor misericordioso que todo lo da y que se comunica a sí mismo”. Por eso hoy también celebramos que estamos invitados a formar parte de la familia Dios de un modo íntimo, pleno, a “sentir palpitar la misma sangre, sentir que es uno solo el corazón”, porque la Santísima Trinidad “es amor que se desborda: el Padre nos incluye en el amor con que ama a su Hijo Jesucristo en el Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo es el Amor infinito que abraza eternamente al Padre y al Hijo, y a nosotros en el Hijo y el Padre”.

Viene de Acción Católica General.

sábado, 30 de abril de 2011

No seas incrédulo, Cristo ha resucitado

  • Primera lectura: Hch 2, 42-47 “Los creyentes vivían todos unidos y lo tenían todo en común”.
  • Salmo 117 “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.
  • Segunda lectura 1P 1, 3-9 “Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva”.
  • Evangelio Jn 20, 19-31 “A los ocho días, llegó Jesús”.

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Para situar este evangelio.
En el segundo domingo de pascua se lee siempre este evangelio. De ahí su importancia y significatividad. Juan concibe la obra de Jesús como la creación de una nueva humanidad y un mundo nuevo. Pero hay como dos tentaciones: Mirar a tras y vivir del recuerdo, donde nos quedaríamos con el sepulcro vacío, no hay nada. O quedarnos refugiados en nuestro interior, en espiritualidades que se auto-realimentan sin salir, sin experimentar la necesidad de salir, de ser testigo porque el resucitado lo encontraremos en lo cotidiano, en la vida. ¿Nos suena esto a los militantes con cierto recorrido o cristianos que estamos de vuelta?
Nueva creación, el primer día de la semana... la resurrección y la Eucaristía están unidas. En la “cena del Señor” se nos muestra como el don gratuito del Señor Resucitado que nos sale al encuentro -Emaús- nos invita a su mesa, nos despierta el entendimiento, nos abre los ojos del corazón y nos invita a su comunión. La eucaristía es una forma permanente de la aparición pascual. El domingo, el primer día de la semana, los cristianos nos reunimos... “se encuentran y son encontrados”. Según los relatos, no es Jesús quien reúne a sus discípulos sino que la aparición del Señor se produce estando ellos reunidos previamente. Por miedo o por fidelidad a las experiencias de comida comunitarias tenidas con Jesús aquellos primeros discípulos se reunían. Se convierte así en signo de la nueva presencia del resucitado.

Para fijarnos en el Evangelio
Los discípulos están reunidos en un mismo lugar. Una manera de decir que son comunidad eclesial. También el “domingo” es expresión del mismo -las dos apariciones se producen en domingo-: es el día en qué nos reunimos como Iglesia para celebrar que el Resucitado esta en medio de nosotros.
En el evangelista Juan encontramos, otras veces, que los seguidores de Jesús tenían “miedo de los judíos”: en el relato del ciego de nacimiento (Jn 9, 22). Miedo, cuando los discípulos ven a Jesús caminar sobre el mar de Galilea; cuando se busca a Jesús, nadie hablaba de él en público por miedo a los judíos; José de Arimatea es discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos. Los discípulos también andaban con miedo (trataban de disuadir a Jesús de no ir a Betania-Judea), aunque Tomás estaba resuelto a correr el mismo riesgo (“vamos también nosotros y muramos con él” -Jn 11, 8.16). Ahora Jesús ha muerto y los suyos tienen miedo, algunos se ponen a salvo, huyeron a Galilea, otros se refugian en casa.
Hace falta tener bien presente que en el evangelio de Juan la expresión “los judíos” no tiene un sentido étnico, no designa el pueblo de Israel como tal, sino que toma un sentido religioso y se refiere concretamente a los dirigentes religiosos del pueblo. En el momento que estamos viviendo, conviene ser delicados con denominaciones como esta. También va bien saber que la comunidad a la que va destinado el evangelio de Juan había vivido la dura experiencia que, a partir del año 70 DC, el judaísmo fue dominado por los fariseos, que provocaron una ruptura total con los cristianos: habían acordado expulsar de la sinagoga todo el mundo quien confesara que Jesús era el Mesías (Jn 9, 22). Pese al “cierre”, el Resucitado toma la iniciativa y se hace presente en medio de los discípulos.
En esta iniciativa, Jesús da “la paz”, su paz, la que el mundo no da, tal y como lo había anunciado. Una paz que es cumplimiento de la promesa de la cena: “la paz os dejo...” (Jn 14, 27; cf Is 52, 7; 60, 57; 66, 12). Tenían motivos para sentirse atenazados por el miedo (Jn 15, 18-20: “si el mundo os odia”); pero no deben acobardarse (Jn16, 33: “tener valor, yo he venido al mundo”). El miedo se evapora con el saludo de la paz pascual (Jn 20, 20: “se llenaron de alegría”). Las dudas sobre el resucitado se desvanecen con la identificación corporal: “les enseñó las manos y el costado”. Mostrar “las manos y el costado”, que son los lugares con las marcas de la muerte en cruz, es una manera de incidir en que el Resucitado es el mismo que fue Crucificado. La expresión “como el Padre” o, en otros lugares, “tal y como yo os lo he hecho” (Jn 13, 15) indica como tiene que ser la vida del discípulo: dejarse modelar según Jesús, como Él se ha dejado modelar por el Padre. Aquello que define Jesús es la misión, el ser “enviado”. También sus discípulos, y la Iglesia como tal, serán definidos por la misión que Él les da: “Tal y como tú me has enviado al mundo, yo también se los he enviado” (Jn 17, 18). La Iglesia reunida, la paz, la misión... todo arranca de la Pascua. Será el don del Espíritu quien lo active. El soplo de Jesús sobre los discípulos expresa que su resurrección abre el paso a una creación nueva: “Entonces el Señor-Dios modeló al hombre con barro de la tierra. Le infundió el aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo” (Gn 2, 7). Jesús había rogado el Padre que diera “un Defensor a los discípulos” (Jn 14, 16), es decir, quien pueda ser invocado para auxiliar, acompañar y ayudar, pero también para aconsejar y consolar, y para interceder. Es el Espíritu Santo. Con él llegan el recuerdo y el conocimiento (Jn 14, 26) que marcan el comienzo de la fe (Jn 7, 39). El Espíritu es, en Juan, un maestro que ilumina. Y es quien da al creyendo su identidad propia de testigo de Jesús (Jn 15, 26-27). Podríamos decir que el Espíritu es el verdadero autor del Evangelio, porque de él viene el recuerdo de aquello que Jesús hizo y dijo, y la comprensión de este recuerdo. Las palabras de Jesús sobre el perdón nos recuerdan las que recoge Mateo dirigidas a Pedro (Mt 16, 19) y a toda la comunidad (Mt 18, 18). Palabras en las que “atar y desatar” significa excluir o admitir en la comunidad. El Resucitado deja este don precioso y tan delicado en manos de la propia comunidad de los discípulos, portadora para el mundo de la vida nueva. Una gran responsabilidad.
Tomás, era del grupo de los doce, Jesús se somete a lo exigido por Tomás. Su “Señor mío y Dios mío” ha quedado en la tradición cristiana como profesión de fe emblemática; es el reconocimiento de Jesús como Hijo de Dios. Y como colofón, la última bienaventuranza: “dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20, 29). Así, en la figura de Tomás encontramos el retrato de todo discípulo de Jesús que debe hacer su propio proceso antes de poder decir “he visto el Señor”, como dicen ya los otros compañeros suyos, o como dirá él mismo más adelante: “¡Señor mío y Dios mío!”. Tomás, no se resiste a creer sino que hace preguntas, pide ayuda, necesita signos, como aquel hombre que era ciego (Jn 9, 35-48).
La bienaventuranza dirigida por el Resucitado a los creyentes que no hemos conocido Jesús histórico, da sentido al evangelio y al hecho de evangelizar: “dar testigo a quienes no han visto a Jesús para que puedan abrirse a la fe”. Quienes reciben el evangelio -buena noticia- son “felices” porque la fe les permite “ver” lo que antes nunca habían visto.
Este es “el ver-juzgar” de la Revisión de Vida, que lleva al “Actuar”, es decir, a la Vida Nueva. La finalidad de la evangelización es que quienes no conocen Jesús sean “felices” conociéndolo, sean “felices” con la fe. Los signos no son la fe, sino son para gloria de Dios e influyen en la génesis de la fe (Jn 2, 11: “creció la fe de sus discípulos”; Jn 4, 63: “creyó el padre y su familia”; Jn 9, 38: “el ciego cree”; Jn 11, 45: “muchos creyeron”).
¿Qué es entonces la fe? Arriesgándonos, podemos decir que la fe es un acto abierto, plural... donde hay anuncio del mensaje, testimonio de otros creyentes, gracia de Dios y libre decisión personal. Lo que cuenta no es ver, sino creer; de la fe nace la nueva vida.

Más aquí.

jueves, 20 de enero de 2011

Domingo tercero del tiempo ordinario. Ciclo A.

  • Primera lectura: Is 8, 23b-9, 3. “En la Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande”.
  • Salmo 26: “El Señor es mi luz y mi salvación”.
  • Segunda lectura: 1Co 1, 10-13. 17. “Poneos de acuerdo y no andéis divididos”.
  • Evangelio: Mt 4, 12-23. “Se estableció en Cafarnaún. Así se cumplió lo que había dicho Isaías”.

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, se retiró a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:
«País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
Pasando junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando el copo en el lago, pues eran pescadores.
Les dijo: «Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Y, pasando adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.

QUIERO ESCUCHAR A JESÚS
Quiero escuchar a Jesús, como los primeros
discípulos: “venid conmigo y os haré
pescadores de hombres”.
Quiero escuchar a Jesús, como la muchedumbre:
“bienaventurados los pobres...”.
Quiero escuchar a Jesús, como los doce:
“vosotros sois la sal de la tierra
y la luz del mundo”.
Quiero escuchar a Jesús, como el tentador:
“no solo de pan vive el hombre”.
Quiero escuchar a Jesús, como los apostoles:
“cuando oreis decid. Padre nuestro...”.
Quiero escuchar a Jesús, como
el sordomudo: “ábrete”.
Quiero escuchar a Jesús, como el
paralítico: “Tus pecados te son perdonados.
Levántate y anda”.
Quiero escuchar a Jesús, como Pedro:
“Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?”
Quiero escuchar a Jesús, como los enviados
a la misión: “el Espíritu de vuestro
Padre hablará por vosotros”.
Quiero escuchar a Jesús, como la gente:
“venid a mí todos los que estáis cansados,
que yo os aliviaré”.

viernes, 14 de enero de 2011

Domingo II del tiempo ordinario

  • Primera lectura  Is 49, 3. 5-6  “Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación”.
  • Salmo  39  “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.
  • Segunda lectura 1Co 1, 1-3 “La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesús sean con vosotros”. 
  • Evangelio Jn 1, 29-34 “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Jesús es hijo y cordero que se entrega”.
En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea  manifestado a Israel».
Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo”. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios».

Para situar el Evangelio

El pasado domingo, con el Bautismo del Señor, dábamos por acabado el tiempo de Navidad. Pero el  Evangelio de este domingo tiene continuidad con los de las dos fiestas anteriores: es el tercer “cuadro” de un “tríptico” que empezaba con la fiesta de “Navidad”, Epifanía y que continua con el “Bautismo del Señor”.
Son ‘cuadros’, estos tres evangelios, que ‘pintan’ a un Jesús manifestándose como el “Hijo de Dios”... o el “Cordero de Dios”. De hecho, este texto es el paralelo joánico a los relatos del Bautista que hacen los otros evangelistas.
En el texto del evangelista Juan aparece el otro Juan, el Bautista, como testigo enviado por Dios: Dios envió un hombre que se llamaba Juan. Vino como testigo, a dar testimonio de la luz, para que por él todo el mundo creyera (Jn 1, 6-7).

Para fijarnos en el Evangelio
Jesús aparece “viniendo” hacia Juan Bautista, que representa las esperanzas de Israel. Es la primera
aparición de Jesús en este evangelio. Jesús, que “viene”, da cumplimiento a las prometidas de Dios (Is 40,10). “Viene” a hacer realidad que el dominio del pecado será desechado del mundo cómo había  anunciado el profeta Isaías (Is 40,2). El evangelista destaca al Bautista como testigo enviado por Dios. Primero ha sido instrumento humilde para que “él se manifestara en Israel”. Ahora da testimonio, lo muestra
a todo el mundo que quiera “mirar”. Hace falta “mirar” a Jesús (Jn 1,29.35) e ir a vivir con él (Jn 1,39.46)  para conocerlo (Jn 1,26; 8,19; 10,14; 14,7ss; 17,3), estimarlo-amarlo (Jn 14,15.21ss; 16,27; 21,15ss) y seguirlo (Jn 1,37ss; 1,43; 8,12; 10,4.27; 12,26; 21,19.22). El testimonio del Bautista acerca de Jesús es claro reconocimiento de la superioridad del Mesías: Jesús es anterior a Juan: “Está por delante de mí, porque existía antes que yo” (Jn 1,30;1,1). Le supera en dignidad, ya que Juan no merece desatar la correa de su
sandalia (Mc 1,7); Juan bautiza sólo en agua (Jn 1,3 1 -1 Mc 1,8); Jesús “ha de bautizar con Espíritu Santo” (Jn 1,33); Jesús es el novio, al que pertenece la esposa, mientras Juan sólo es el amigo del novio (Jn 3,29).
Y, como se dice hoy, Juan llama a la conversión de los pecados (Lc 3,3), mientras Jesús es “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

sábado, 13 de marzo de 2010

IV Domingo de Cuaresma

Josué 5,9a.10-12
2Cor 5,17-21
Lc 15,1-3.11-32

La liturgia de este domingo es un canto a la reconciliación, como abandono de un pasado de esclavitud y de muerte y como inicio de un futuro de vida nueva: Israel, dejando atrás definitivamente la tierra de Egipto y el desierto, celebra por primera vez la pascua en la tierra prometida (primera lectura); el hijo que estaba muerto ha vuelto a la vida y es acogido amorosamente por el Padre que hace fiesta por él (evangelio); y Pablo anuncia el evangelio de la reconciliación (segunda lectura): “a quien no cometió pecado, Dios lo hizo por nosotros reo de pecado, para que gracias a él, nosotros nos transformemos en salvación de Dios” (2Cor 5,21).


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sábado, 13 de febrero de 2010

VI Domingo del tiempo ordinario, ciclo C

Jeremías 17,5-8

1 Corintios 15,16-20

Lucas 6,17.20-26


El centro de interés de las lecturas bíblicas de este domingo se encuentra en el texto evangélico de las bienaventuranzas, que delinea los grandes rasgos del reino anunciando por Jesús e invita a un radical examen de conciencia del ser cristiano. Las bienaventuranzas y las maldiciones proclamadas por Jesús son la medida de la autenticidad de nuestra existencia cristiana. Sobre todo en la versión de Lucas, dirigida explícitamente a los discípulos de Jesús, inspirada en esquemas proféticos del Antiguo Testamento y con un contenido vigoroso de fuerte carácter social. Las bienaventuranzas demuestran que el cristianismo es la proclamación de un nuevo orden de relaciones humanas, en donde los pobres, los que sufren, los que lloran y son excluidos, son privilegiados y felices, no porque sean buenos, sino porque Dios está de su parte y ha comenzado a transformar este mundo en su favor. El privilegio de los pobres y de los infelices de este mundo no hay que buscarlo en ellos mismos, en las actitudes espirituales que se les pueda atribuir, sino en la naturaleza del reino anunciado por Jesús y en la misericordia de Dios que ama preferentemente al indigente.
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sábado, 14 de noviembre de 2009

Domingo XXXIII ciclo B

Daniel 12,1-3
Hebreos 10,11-14.18
Marcos 13,24-32


El cristiano vive en la historia con la esperanza del regreso del Señor, el cual coincide con la renovación radical de este mundo. Las lecturas bíblicas de hoy se refieren a ese final de plenitud y de vida hacia el que nos encaminamos. El Nuevo Testamento habla a menudo del final del mundo y del quehacer humano, pero no como destrucción, sino como encuentro con Jesús, Señor y Juez de la humanidad. Mientras esperamos la segunda venida del Señor, vivimos con alegre confianza y con serena vigilancia, acogiendo el reino de Dios en el hoy de cada día.

La primera lectura (Dan 12,1-3) está tomada del libro de Daniel, escrito en el siglo II en la época de la revolución macabea. En él, como en todo escrito apocalíptico, se concibe la historia humana como una lucha continua entre dos fuerzas antagónicas: el bien y el mal, la luz y las tinieblas, Dios y las fuerzas que obstaculizan su proyecto. En el texto de hoy se habla desde la perspectiva del final escatológico, en donde como conclusión de la historia se asegura el triunfo del bien y de las fuerzas divinas. Los elegidos de Dios, a pesar de las dificultades y sufrimientos que acompañarán la crisis escatológica, alcanzarán la salvación (v. 1). El mundo divino, representado por Miguel, “el gran príncipe” (v. 1) protector de Israel, hace irrupción en la historia para realizar el plan de Dios. El v. 2 introduce el tema de la resurrección de los muertos: “muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán” (v. 2a). Se trata probablemente de uno de los textos bíblicos más antiguo en que se afirma la vida después de la muerte (cf. Is 26,19). Estos que “despertarán” son en primer lugar los mártires, que han preferido la muerte con tal de no ser infieles a Dios; aunque también se despertarán otros “para la vergüenza, para el castigo eterno” (v. 2b). Se trata de los enemigos, de aquellos que se han opuesto al plan divino, los cuales serán condenados. En cambio “los sabios”, los que han sabido elegir el bien y la voluntad divina, poniéndola en práctica y enseñándola a otros hasta dar la vida, “brillarán como el esplendor en el firmamento... como estrellas por toda la eternidad” (v. 3).

La segunda lectura (Heb 10,11-14.18) retoma una vez más la reflexión en torno a Jesucristo como Sumo Sacerdote. El autor de la carta compara el antiguo sacerdocio judío, que se ejercitaba en el Templo de Jerusalén, con el de Cristo, que se realiza en el cielo. Se habla de la superación por parte de Cristo del sistema de los sacrificios de la antigua alianza, basándose en el contraste entre impotencia y fuerza, pecado y perdón, pena y salvación eterna.

El evangelio (Marcos, 13-24-32) pertenece al llamado discurso escatológico de Jesús en el evangelio de Marcos. El texto que se proclama hoy constituye su parte central. Es un texto difícil y oscuro en muchas de sus afirmaciones. Sin embargo es claro que el tema fundamental no es el fin del mundo, sino la venida del Hijo del Hombre. El texto es fuertemente cristológico. No obstante la oscuridad de algunos versículos, también es claro que la intención principal de todo el discurso es tranquilizar a la comunidad cristiana, turbada y temerosa.

sábado, 24 de octubre de 2009

Domingo XXX, ciclo B.

Jeremías 31,7-9
Hebreos 5,1-6
Marcos 10,46-52




El camino del desierto se vuelve senda hacia la libertad, gracias a la protección paterna de Dios que salva a su pueblo. Yahvéh, que sacó a Israel de la esclavitud de Egipto, lo saca ahora del destierro para llevarlo de regreso a la tierra. El ciego Bartimeo, que antes mendigaba viviendo a expensas de los demás, se encuentra con Jesús y ahora lo sigue entusiasmado por el camino. El encuentro con Dios es siempre el inicio de un camino que lleva a la vida.



sábado, 11 de julio de 2009

Domingo XV

Amós 7,12-15

Efesios 1,3-14

Marcos 6,7-13


"En el centro de la liturgia de la palabra de este domingo está el tema de la misión. El leccionario se abre con el testimonio vocacional del profeta Amós, llamado por Dios, sorpresivamente, en medio de su actividad cotidiana, para anunciar las exigencias de la alianza, a la sociedad opulenta y opresora del Reino del Norte en Israel en el siglo VIII a.C. (primera lectura). El evangelio narra la llamada y el envío de los Doce de parte de Jesús, los cuales deben anunciar el reino de Dios con urgencia, dedicación total y confianza infinita en Dios (evangelio). El himno de la carta a los Efesios, en cambio, canta el misterio de la recapitulación de todas las cosas en Cristo. Mientras Amós proclama las exigencias de la justicia y los Doce anuncian la salvación y la conversión, Pablo celebra la elección, la predestinación, la herencia, la redención, y el don del Espíritu, como parte de la obra salvadora de Cristo Jesús (segunda lectura)."

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sábado, 6 de junio de 2009

Santísima Trinidad

Dt 4, 32-34.39-40
Rom 8,14-17
Mt 28, 16-20
Hoy celebramos el misterio de Dios, que se nos ha revelado en la historia de la salvación como Trinidad Santísima: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Para contemplar y adorar algo de ese abismo infinito de amor y de comunión que es Dios, nos acercamos con fe a las páginas de la Escritura. La Biblia, en efecto, nos ayuda a superar ciertas especulaciones teológicas, abstractas y teóricas, sobre la Trinidad, y a purificar las imágenes deformadas de Dios que nos hemos ido fabricando a lo largo de la vida. La solemnidad de la Santísima Trinidad es la celebración del Dios que se ha hecho presente en la historia, “eligiendo una nación de en medio de otra nación por medio de pruebas, señales y prodigios” (Dt 4,34 (primera lectura); es la celebración del Dios que está presente en lo más íntimo del hombre, haciéndolo “templo del Espíritu” e “hijo de Dios” (Rom 8,9.14) (segunda lectura); y, finalmente, es la celebración del Dios presente en la Iglesia, llamada a anunciarlo a todos los pueblos a través de la catequesis, el compromiso de la caridad y los sacramentos (Mt 28,19-20) (evangelio).

domingo, 24 de mayo de 2009

Ascensión


Hch 1,1-11

Ef 1,17-23

Mc 16,14-20

Las palabras que los “dos hombres vestidos de blanco” dirigen a los apóstoles en Hch 1,11 sintetizan la teología y la espiritualidad de esta solemnidad: “Por qué se han quedado mirando al cielo?”. Es una invitación a no perder el tiempo pasivamente cuando hay que ser testigos de Jesús y a no esperar del cielo soluciones milagrosas o revelaciones especiales. La desaparición material de Jesús marca el inicio de la misión y del compromiso de la iglesia. La fe verdadera se expresa, según las palabras de Jesús en Hch 1,8, en la experiencia de la fuerza del Espíritu Santo, en el testimonio cristiano en el mundo y en la apertura universal de la iglesia. La ascensión, más que recuerdo, es exigencia y llamado a la misión y al compromiso.

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